Somos Hombres
- Juan Cruz

- 22 feb 2018
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 feb 2018
Desde tiempos inmemoriales, las mujeres han sufrido bajo un sistema que día a día las oprime, y no les da su lugar en el mundo. Sin dudas son ellas las que más han padecido del machismo, pero se nos escapa que no son las únicas.

La primera vez que la autora feminista Gloria Steinem viajó a la India se dio cuenta que mientras más divididos se esté entre hombres y mujeres, existirá más violencia y si menos polarizados se encuentren los roles de género, la sociedad tiende a ser más pacífica. Para ella los seres humanos son únicos e individuales por eso las ideas de raza y género son divisorias.
Estamos vinculados; no estamos jerarquizados. Gloria Steinem
En efecto, vemos en el actual sistema una gran opresión hacia la mujer, donde la balanza no se inclina a su lado, si quiera está igualada. A partir de esto nacen los movimientos feministas que abogan por un mundo en igualdad de derechos y oportunidades entre géneros y que también se expresa en contra del machismo. Pero la pregunta es, ¿cuál es el lugar del hombre en el sistema machista?
La palabra lo hace parecer obvio indicando que como hombres nos encontramos en la cúspide de este sistema, pero esto no es del todo cierto.
Hombre se hace
Distintas culturas, distintas religiones, distintos Estados y naciones mantienen rituales y prácticas que convierten a los niños en “hombres”. A lo largo de la historia hemos visto como se ha esperado que actúen los hombres y para esto, diría que en su totalidad debemos pasar por ciertas pruebas –incluso algunas de las más crueles- para demostrar nuestra hombría, de las que muchas son universales y otras quizás más culturales.
En Papúa Nueva Guinea, los niños de la tribu Sambia son preparados por sus madres a los siete años para someterse a ritos de iniciación para que demuestren su fuerza, estos incluyen desde sangrías nasales hasta hacerle sexo oral a hombres.
También la tribu keniana Bukusu llena de excremento y tripas de vacas a sus jóvenes, mientras los ancianos los insultan para demostrar “fortaleza”. Mientras, en Australia se espera que los niños aborígenes Mardudjara se traguen el prepucio luego de una insalubre circuncisión. Pero como si estas pruebas fueran poco, en la amazonia brasileña los niños SatareMawes ponen sus manos en guantes repletos de hormigas, balas cuyo veneno se encuentra entre los más dolorosos de la naturaleza.
Y esto, porque el género debe mostrar “fuerza”, un sentimiento equivocado que lleva desde cometer violaciones inhumanas para iniciar en el Estado Islámico a ser un niño reclutado para el conflicto ucraniano hasta, algo más simple, como sentir vergüenza por apoyar #NiUnaMenos.

Según UNICEF existen alrededor de 300.000 niños soldados en el mundo. En la Imagen Jordy (14) por el conflicto en República Centroafricana.
Cada uno en su lugar
Somos hombres, claro. Desde que nacemos nos tapan con una manta azul, al crecer en la primaria no debemos tener amigas mujeres y luego en la adolescencia esto sólo es permitido si pensamos en alguna estrategia para besarla, tener relaciones sexuales o que simplemente nos “pase la tarea”. Somos machos, pues con nuestros amigos solo podemos hablar de tetas, fútbol y juegos de acción. Este es nuestro rol y debemos formarlo bien, sino seremos juzgados de forma despectiva como “maricas” o “mujeres”.
Que nos den los planos a seguir causa conflicto, tristeza y una nube de mentiras que nos hace infelices, porque cada uno de los dichos anteriores arma el rompecabezas de los estereotipos que tanto mal han hecho a la sociedad.
Estos estereotipos generados por el machismo pueden incluso afectar nuestra salud mental. Según un estudio realizado por la Asociación Americana de Psicología, la actitud altanera que se pretende en el sistema podría causar estrés, depresión, ansiedad y serios problemas de autoestima. En este último caso está claro que muchos creen –gracias al machismo- ser más intelectuales y fuertes por el simple hecho de ser hombres.
El mismo estudio finaliza puntualizando que los machistas son más propensos a sufrir problemas psicológicos que aquellos que no se ajustan tanto a las normas tradicionalmente masculinas.

Realidad silenciosa
Entonces convivimos, si así lo podemos llamar, en una sociedad muchas veces apoyada por la política y la religión que nos pone por encima de las mujeres y los demás géneros, y como dije anteriormente se espera una serie de cosas que los hombres hagan para alcanzar esta comodidad aunque vaya inclusive contra la propia moral.
Sin embargo esto es una moneda de dos caras. Somos el “sexo fuerte”, entonces hay un tema del cual olvidamos hablar y es la violencia de género que sufre el hombre. ¿Qué pasa si una mujer ataca psicológica o físicamente a un hombre? Este, difícilmente la puede denunciar dado que no contaría con el apoyo familiar, estatal e incluso internacional. Este estigma nos puede dejar en ridículo con nuestros pares y también existe la idea de merecer esa “cachetada”. Pero nosotros nos refugiamos en el “no puedo hacer nada, es una mujer”, y con esto no estoy diciendo que debemos devolver con la misma moneda; violencia atrae más violencia.
El 40% de la violencia doméstica es sufrida por hombres según la organización ManKind.
No quiero terminar mi artículo sin dejar de reiterar que, en su gran mayoría son mujeres las que sufren violencia de género en todos los campos.
Que el machismo es sinónimo de violencia, y de un modo casi imperceptible y natural adoptamos roles que no hacen más que dividirnos en derechos, oportunidades y libertades, pero todos salimos perdiendo. Queda mucho por hacer en este aspecto y no me cabe duda que cuando abramos los ojos vamos a ver que no tenemos nada que demostrar, hay cosas que no nos hacen más “hombre”. No es el deporte que hagamos lo que nos va a hacer macho o la vestimenta que utilicemos la que defina nuestra orientación sexual. Somos hombres, y lo reafirmamos cuando somos quienes somos y no cuando somos aquello que esperan.






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